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Decidimos que el teléfono dijera lo que es
Por qué nuestra voz automática dice que lo es, antes de que la norma lo exija.
Cuando una clínica no coge el teléfono, el paciente no vuelve a llamar. Llama a la siguiente. Ese es el agujero por el que se va la mayor parte del negocio de una consulta pequeña, y no se arregla con un recordatorio ni con una web más bonita: se arregla contestando.
En OFFLOVIN contesta una voz automática. Atiende cuando la recepción está con un paciente delante, cuando la clínica ha cerrado y cuando entran tres llamadas a la vez. Consulta la agenda de verdad, propone huecos que existen, crea la cita y, si la cosa se complica, pasa la llamada a una persona.
Durante meses esa voz saludaba como cualquier recepción: el nombre de la clínica y un buenos días. Nadie mentía. Simplemente no lo decía.
En julio lo cambiamos. Ahora, en la primera frase, la voz dice que es una asistente virtual.
Por qué antes de que nos obliguen
El Reglamento europeo de inteligencia artificial exige informar a una persona de que está interactuando con un sistema automático. Nos quedaba tiempo. Lo hicimos igualmente, y no por adelantarnos a una inspección.
Una clínica vive de una cosa que no aparece en ningún panel: que el paciente se fíe. Un paciente que descubre a los tres meses que la voz que le cogía el teléfono no era una persona no se enfada con nosotros, que no sabe ni que existimos. Se enfada con su fisioterapeuta. Ese riesgo no es nuestro, es de la clínica, y no nos parecía nuestro para asumirlo.
Así que la frase entró antes de tener que entrar.
Lo que costó decirlo
Cambiar el saludo no es cambiar una línea de texto. Una frase más al principio alarga todas las llamadas, y una llamada más larga cuesta más dinero. Además la gente reacciona: hay quien pide hablar con una persona en cuanto lo oye, y esa transferencia también tiene un coste.
Lo medimos, porque un cambio que no se mide es una opinión. Y aprendimos algo incómodo por el camino: la misma noche que entró el aviso entró también una voz nueva, así que nuestra primera lectura de los datos mezclaba dos cosas y atribuía a una lo que hacían las dos. Tuvimos que rehacer el análisis separando las dos huellas.
Lo contamos porque es la parte que normalmente no se cuenta. Un cambio bueno puede salir caro y seguir siendo el correcto, pero sólo se sabe si se mide bien, y medir bien es más difícil de lo que parece.
El Verificador
Que una voz conteste es la mitad fácil. La difícil es saber qué hizo.
Después de cada llamada, otro sistema revisa la conversación entera: qué pidió el paciente, qué entendió la voz, qué acabó pasando en la agenda. Si la voz dijo que dejaba una nota, comprueba que la nota está. Si dijo que había hueco el jueves, comprueba que ese hueco existía. Lo llamamos el Verificador, y es la única pieza de todo esto que tiene nombre propio, porque es la única que hace falta nombrar.
La regla es corta: la voz atiende, el Verificador vigila, y la clínica tiene siempre la última palabra. Nada que haga la voz queda sin revisar, y nada de lo que revisa el Verificador está fuera del alcance de la recepción, que puede entrar, mirar la llamada y cambiar lo que quiera.
Lo que no hace
No diagnostica. No aconseja. No decide si un paciente necesita más sesiones. No habla de precios que no estén en el sistema. Cuando algo se sale del guion, no improvisa: pasa la llamada.
Hay una tentación evidente en este sector, que es dejar que la máquina conteste más cosas de las que debería porque casi siempre acierta. Casi siempre no es suficiente cuando al otro lado hay alguien con dolor.
Dónde estamos
Esto funciona hoy, en producción, cogiendo llamadas reales. No es un piloto ni una lista de espera.
Si llevas una clínica y quieres ver cómo suena, cuéntanos tu clínica y te lo enseñamos con tu agenda delante.